Desde Adentro por El Bofo
OPINIONES
08-12-2025
Foto: Baja News
Publicado: 08-12-2025 20:04:48 PDT
“Que alguien me explique”: el negociazo indecente del Mundial
Hay cosas que indignan… y hay cosas que de plano son una mentada completa. Lo de los boletos del Mundial entra en esa segunda categoría. Que un solo asiento para ver a México contra Sudáfrica en la inauguración llegue a 619 mil 342 pesos en reventa no es un exceso: es un insulto directo, con dedicatoria, al aficionado.
Esto ya no es futbol. Es un mercado bursátil con césped.
Porque el problema no es solo el revendedor “inteligente” que pone el precio a ver quién pica. El problema es que hay quien paga. Y si hay quien paga es porque la FIFA experta en convertir cada pasión humana en una transacción ya construyó su paraíso financiero: poca oferta, demanda gigantesca y una reventa tan tolerada que ya parece departamento oficial del organismo.
Esa es la parte que más molesta: esto no pasa “a pesar” de la FIFA. Pasa gracias a la FIFA.
Y si un boleto en reventa vale 619 mil pesos… imagínate lo que gana el monstruo de Zúrich con cada venta “legal”. Pero claro, ahí sí nadie habla. Los mismos que presumen “fair play financiero” se hacen los ciegos cuando se trata de permitir que un aficionado tenga que hipotecar media vida para ver a su selección.
Y todavía preguntan por qué la gente se desencanta del futbol.
No es desencanto: es hartazgo.
Ir al Azteca ya no es pasión. Es inversión. El Mundial ya no es una fiesta: es un portafolio de activos.
¿Quieres los tres partidos de México en fase regular aquí en territorio nacional?
Prepárate para soltar 1 millón 594 mil pesos en reventa.
Para ponerlo en términos terrenales:
Ni casa del Infonavit, ni carro del año, ni estudios en el extranjero… tres tristes boletos. Y ni siquiera en zona buena garantizada.
¿Quién está cuidando al aficionado?
Respuesta breve: ni Dios Padre.
Aquí todos cobran: organizadores, FIFA, intermediarios, patrocinadores, brokers, plataformas de reventa, hasta el que decide cambiarle el nombre al Azteca cada seis meses. Todos.
Menos el que sostiene esto desde siempre: el aficionado raso.
Y mientras haya quien pague medio millón por ver un partido, el negocio seguirá girando como máquina tragamonedas. Seguirá “funcionando”, aunque afuera se quede el mismo público que alguna vez le dio alma al deporte.
Desde adentro, esto no se siente como fiesta mundialista.
Se siente como lo que realmente es: un recordatorio de que, en el futbol moderno, si no pagas, no existes.
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