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La paradoja de Morena

OPINIONES

28-05-2026


Foto: Baja News

Foto: Baja News

Redacción BajaNewsMx
Editorial bajanews.mx| BajaNews
Publicado: 28-05-2026 10:43:16 PDT

Por Alberto Rodríguez Martínez

Morena nació como un movimiento amplio articulado por Andrés Manuel López Obrador bajo una premisa clara: combatir a la llamada “mafia del poder”. A partir de esa narrativa construyó una legitimidad política profundamente eficaz, supo identificar un adversario reconocible, capitalizar el desgaste del régimen surgido de la transición y presentarse como la fuerza capaz de enfrentar un sistema percibido por millones de mexicanos como corrupto, distante y capturado por intereses ajenos al ciudadano.


El problema para Morena es que su ascenso fue mucho más rápido de lo que probablemente esperaba. En menos de una década pasó de ser una fuerza opositora a convertirse en el partido dominante del país. Hoy ostenta la Presidencia de la República, posee mayoría legislativa, controla la mayoría de los gobiernos estatales y cuenta con una capacidad de control institucional inédito desde el fin de la hegemonía priista.


Y precisamente ahí comienza su verdadero desafío; toda fuerza política que conquista el poder termina enfrentando una paradoja inevitable: tarde o temprano debe administrar aquello que prometió combatir.


Ese momento parece haber llegado


Morena ya no puede presentarse únicamente como un movimiento de resistencia ni como una fuerza correctiva de los excesos del pasado. Hoy es la estructura política predominante del Estado mexicano, y mientras mayor es el poder que concentra, menor es el margen que tiene para deslindarse de las fallas del sistema.


El problema no es únicamente político; es estructural


Los movimientos amplios suelen crecer bajo una lógica de acumulación. Morena no ha sido la excepción. Desde su origen integró liderazgos diversos, absorbió operadores provenientes de otras fuerzas políticas y priorizó la eficacia electoral por encima de la coherencia interna. Esa lógica funciona extraordinariamente bien para conquistar el poder, pero no tanto para ejercerlo.

 
Gobernar una hegemonía exige capacidades distintas a las necesarias para conquistarla. Integrar actores diversos, absorber liderazgos regionales y priorizar la eficacia electoral puede ser extraordinariamente útil para ganar elecciones, pero administrar un poder tan amplio requiere cohesión, controles internos y disciplina institucional. Y ahí comienzan las tensiones para un movimiento construido precisamente bajo la lógica contraria: sumar casi cualquier fuerza capaz de ampliar su poder político.

 

Mientras Morena fue oposición, muchas contradicciones podían justificarse en nombre de una causa superior: derrotar al régimen anterior. Pero cuando un movimiento se convierte en fuerza dominante, las contradicciones dejan de ser transitorias y comienzan a definirlo.

 

Ahí reside la verdadera vulnerabilidad del oficialismo


La hegemonía tiene una ventaja evidente: facilita gobernar, pero también erosiona lentamente los mecanismos de autocontrol. Cuando una fuerza política domina durante demasiado tiempo, la cohesión interna suele volverse más importante que la vigilancia y la lealtad termina sustituyendo a la institucionalidad.


Paradójicamente, mientras más poder concentra una fuerza política, más difícil le resulta administrar el desgaste. Antes, cualquier crisis podía atribuirse a inercias históricas, gobiernos anteriores o instituciones heredadas. ¡Hoy ya no! Cuando aparecen acusaciones de vínculos cuestionables en estructuras locales, disputas facciosas o señales de improvisación institucional, el costo político recae directamente sobre quien gobierna.


Y ahí Morena enfrenta otro problema de fondo: nunca terminó de convertirse plenamente en un partido institucional. Durante años, el liderazgo de López Obrador funcionó como eje ordenador del movimiento y como mecanismo de cohesión interna. Pero los liderazgos carismáticos son extraordinariamente eficaces para conquistar el poder, aunque no necesariamente para institucionalizarlo.


Por eso, buena parte de las tensiones actuales dentro de Morena reflejan el intento de ordenar una estructura que creció más rápido de lo que logró consolidarse. Claudia Sheinbaum encabeza el gobierno, pero el partido continúa articulándose alrededor del liderazgo histórico de López Obrador, mientras distintos grupos internos disputan posiciones, influencia y control territorial.


La salida de figuras clave de la dirigencia y los intentos por contener fracturas internas revelan una necesidad urgente de institucionalización. Morena aprendió rápidamente a ganar elecciones; todavía no queda claro si aprendió a administrar su propia hegemonía.


Y quizá ahí comienza el riesgo más serio para el oficialismo. No necesariamente en una oposición todavía fragmentada, debilitada e incapaz de articularse como una alternativa electoral realmente competitiva, sino en las tensiones que empiezan a emerger dentro de su propia estructura de poder.


La historia latinoamericana ha demostrado algo con claridad: los proyectos dominantes rara vez comienzan a erosionarse por la fuerza de la oposición. Normalmente empiezan a desgastarse desde dentro, cuando el poder deja de ser instrumento de transformación y se convierte en estructura de administración, protección y supervivencia.


El verdadero desafío para Morena ya no consiste en conquistar el poder, sino en demostrar que puede administrarlo sin reproducir las mismas dinámicas que prometió erradicar. Y hasta ahora, todo indica que va perdiendo.