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Después de la mafia del poder…

OPINIONES

03-06-2026


Foto: Baja News

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Redacción BajaNewsMx
Editorial bajanews.mx| BajaNews
Publicado: 03-06-2026 19:15:20 PDT

Por Alberto Rodríguez Martínez

Durante años, el obradorismo tuvo un adversario perfectamente identificable: la llamada “mafia del poder”, que funcionó como una poderosa herramienta política capaz de explicar prácticamente cualquier problema nacional. Era un concepto flexible que podía abarcar a partidos tradicionales, grupos empresariales, medios de comunicación, organismos autónomos o actores políticos del antiguo régimen. La narrativa era sencilla: México no avanzaba porque una élite privilegiada se beneficiaba del statu quo.

 

Esa lógica resultó extraordinariamente eficaz para un movimiento que buscaba conquistar el poder. Sin embargo, todo relato político tiene una fecha de caducidad. Y la principal dificultad para Morena es que ya no puede presentarse con la misma credibilidad como un actor que combate al poder, cuando se ha convertido precisamente en la principal fuerza política del país.

 

Con la Presidencia de la República, mayorías legislativas y gobiernos estatales, así como una influencia creciente sobre las instituciones públicas, Morena enfrenta un desafío distinto al de sus primeros años: cómo mantener viva una identidad política construida alrededor de la confrontación, cuando sus adversarios internos son cada vez más débiles.

 

En este contexto, resulta interesante observar la creciente centralidad que el discurso de la soberanía nacional frente a Estados Unidos ha adquirido en el gobierno de la presidenta Sheinbaum. Los recientes desencuentros diplomáticos, las tensiones derivadas de investigaciones estadounidenses sobre actores políticos mexicanos, las controversias por el retiro de visas y las declaraciones cruzadas entre funcionarios de ambos países han sido presentados por el oficialismo como ejemplos de una defensa firme de los intereses nacionales frente a presiones externas.

 

Y debe decirse con claridad: defender la soberanía no solo es legítimo, sino una obligación elemental de cualquier gobierno. Ningún país serio puede renunciar a ella ni aceptar injerencias extranjeras sin respuesta.

 

El problema surge cuando la soberanía deja de ser únicamente un principio de política exterior y comienza a convertirse en un instrumento de política interna.

 

Los movimientos políticos necesitan antagonistas. La política democrática se alimenta de contrastes, diferencias y disputas. Sin embargo, cuando un partido alcanza una posición dominante, la construcción de esos antagonismos se vuelve más compleja, y ya no resulta tan sencillo señalar a una oposición debilitada y políticamente irrelevante como responsable de los problemas nacionales. La tentación, entonces, es desplazar el conflicto hacia otros espacios.

 

Estados Unidos ofrece condiciones particularmente favorables para ello: se trata de un actor poderoso, históricamente presente en la memoria política mexicana y capaz de despertar reflejos nacionalistas que atraviesan prácticamente todo el espectro ideológico. Criticar a Washington suele generar menos costos políticos que confrontar problemas domésticos más complejos.

 

La paradoja es que México y Estados Unidos mantienen una relación de interdependencia sin precedentes. Ningún otro país influye tanto sobre la economía mexicana, el comercio, la migración o la seguridad nacional. Hoy por hoy, la relación bilateral está demasiado integrada como para sostener una dinámica permanente de confrontación política.

 

Por ello, el riesgo no radica en que México adopte una postura soberana frente a Estados Unidos. El verdadero riesgo es que los beneficios políticos internos de esa confrontación terminen generando incentivos para utilizarla de manera cada vez más frecuente. Cuando los desacuerdos diplomáticos se convierten en herramientas de movilización política, la frontera entre política exterior y política doméstica comienza a difuminarse.

 

Quizá la pregunta de fondo no sea qué tan tensas pueden volverse las relaciones entre México y Estados Unidos. La pregunta más relevante es otra: ¿qué ocurre cuando un movimiento político que construyó su identidad enfrentando enemigos internos necesita encontrar nuevos antagonistas para sostener su narrativa de transformación?

 

La verdadera prueba para los gobiernos de Morena no consiste en defender la soberanía nacional frente a Estados Unidos, sino en demostrar que pueden sostener su proyecto político sin depender permanentemente de la existencia de un adversario. Porque una cosa es defender la soberanía nacional y otra muy distinta convertir la búsqueda de enemigos en una necesidad política.

 

La historia demuestra que los gobiernos suelen obtener beneficios cuando logran identificar amenazas externas. Sin embargo, también demuestra que esas narrativas rara vez permanecen bajo control. Una vez que la legitimidad política comienza a depender de la existencia de un adversario, la tentación de exagerar los conflictos o interpretar cualquier desacuerdo como una agresión aumenta considerablemente.

 

Y parece que el gobierno de la presidenta Sheinbaum no ha dimensionado que la “mafia del poder” como adversario político era una categoría lo suficientemente amplia y flexible como para adaptarse a las necesidades del momento; Estados Unidos no. Por eso, convertirlo en el nuevo antagonista puede resultar tentador en el corto plazo, pero también peligrosamente costoso a la larga, porque entre ambos hay una diferencia fundamental: la mafia del poder no tenía capacidad para responder; Estados Unidos sí.