¿Y la oposición?
OPINIONES
11-06-2026
Foto: Baja News
Publicado: 11-06-2026 15:53:41 PDT
Por Alberto Rodríguez Martínez
Entre las muchas aportaciones de Norberto Bobbio al pensamiento democrático hay una idea fundamental: la calidad de una democracia no depende únicamente de quienes gobiernan, sino también de la existencia de una oposición capaz de fiscalizar al poder y ofrecer una alternativa creíble a los ciudadanos. Desde esa perspectiva, uno de los fenómenos más llamativos de la política mexicana actual es que, pese al desgaste natural de casi ocho años de gobiernos morenistas y a los cuestionamientos que enfrenta el oficialismo en distintos frentes, la oposición sigue sin consolidarse como una opción capaz de disputar la confianza de amplios sectores de la sociedad.
En teoría, las condiciones deberían ser favorables para quienes aspiran a competir contra Morena. Como ocurre con cualquier gobierno, el paso del tiempo ha traído costos políticos, decisiones controvertidas, problemas sin resolver y promesas incumplidas. Existen debates sobre seguridad, salud, crecimiento económico, infraestructura, educación y concentración de poder. A ello se suman los recurrentes señalamientos sobre presuntos vínculos entre gobernantes y servidores públicos con grupos criminales, así como las tensiones cada vez más frecuentes con Estados Unidos. Pese a ello, ese desgaste no se ha traducido en un fortalecimiento equivalente de sus adversarios. La pregunta es inevitable: ¿por qué?
La explicación más sencilla sería atribuirlo exclusivamente a la popularidad del oficialismo. Sin embargo, esa respuesta resulta insuficiente. La historia política demuestra que ningún gobierno mantiene intacto su capital político de manera indefinida y que los períodos prolongados en el poder suelen generar oportunidades para quienes buscan una alternancia. Lo que parece faltar hoy en México no es espacio para la crítica, sino una fuerza política capaz de transformarla en una propuesta convincente de futuro.
Durante los últimos años, buena parte de la oposición ha centrado su estrategia en señalar los errores, contradicciones y excesos del gobierno. La crítica es indispensable en cualquier democracia, pero deja de ser suficiente cuando sustituye a la propuesta. Denunciar fallas no equivale a construir un proyecto político ni responde la pregunta que finalmente se hacen los ciudadanos: ¿Qué harían ustedes de manera distinta? Tras el fin de la coalición opositora, cada partido ha seguido su propia ruta, pero todos enfrentan un desafío similar: articular una visión de futuro claramente reconocible, formar liderazgos competitivos y ofrecer una alternativa capaz de conectar con sectores amplios de la sociedad.
Esta debilidad se refleja en una realidad incómoda para los partidos opositores: el descontento con el gobierno no se traduce automáticamente en respaldo para quienes aspiran a reemplazarlo. El desgaste del oficialismo puede generar dudas sobre el presente, pero no necesariamente confianza en la oposición.
Más preocupante aún, una oposición incapaz de representar ese malestar deja vacante un espacio político que tarde o temprano alguien buscará ocupar. La experiencia reciente demuestra que cuando los partidos tradicionales pierden credibilidad o dejan de conectar con amplios sectores de la sociedad, suelen surgir nuevos liderazgos dispuestos a canalizar ese descontento.
En ese contexto, resulta interesante observar el creciente protagonismo político que ha adquirido Ricardo Salinas Pliego entre ciertos sectores opositores. Más allá de la opinión que se tenga del empresario, su ascenso como referente para una parte del descontento social, dice menos de sus fortalezas personales que sobre las debilidades de quienes deberían estar ocupando ese espacio. Que una parte de la conversación opositora encuentre más eco en un empresario que en los partidos políticos tradicionales, debería ser motivo de reflexión.
No se trata de un fenómeno exclusivamente mexicano. En distintas democracias, la incapacidad de las oposiciones convencionales para canalizar las inconformidades sociales ha abierto la puerta a liderazgos personalistas, movimientos antisistema y expresiones cada vez más radicales. No porque necesariamente ofrezcan mejores soluciones, sino porque logran conectar con el malestar que los actores políticos tradicionales han sido incapaces de representar.
Quizá la principal responsabilidad de una oposición democrática no sea simplemente sustituir al gobierno en turno, sino ofrecer una alternativa creíble antes de que el descontento sea canalizado por expresiones construidas únicamente sobre la polarización, el enojo o el rechazo al adversario. Porque cuando las fuerzas políticas tradicionales dejan de representar a una parte importante de la sociedad, otros actores terminan ocupando ese espacio y la historia demuestra que esos relevos no siempre fortalecen a la democracia…
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