El Mayo, México, el FBI y el avión de la discordia
OPINIONES
09-07-2026
Foto: Baja News
Publicado: 09-07-2026 19:55:24 PDT
Por Alberto Rodríguez Martínez
Un avión monomotor terminó exhibido en un museo del FBI. Lo que para las autoridades estadounidenses simboliza el desenlace de una de las investigaciones criminales más relevantes de los últimos años, para México reavivó una pregunta que parecía haberse enfriado: ¿qué ocurrió realmente el día en que Ismael "El Mayo" Zambada cruzó la frontera?
Ese episodio volvió a tensar una relación que desde hace años acumula desencuentros y desconfianza entre México y Estados Unidos. Si, como sostienen diversas versiones, agencias estadounidenses participaron en el operativo sin conocimiento ni autorización del Estado mexicano, estaríamos frente a un hecho inaceptable. De confirmarse, un gobierno extranjero habría ejecutado una operación en territorio nacional sin el consentimiento de las autoridades mexicanas, una violación a la soberanía que no puede relativizarse ni justificarse por el perfil del detenido.
Pero quizá estamos haciendo la pregunta equivocada.
La posible violación a la soberanía merece toda la condena. Sin embargo, detener la discusión ahí sería insuficiente. Corresponderá a las investigaciones y, en su caso, al derecho internacional establecer con precisión cómo ocurrieron los hechos y quiénes participaron. Pero, más allá de esa controversia, existe una pregunta menos jurídica y mucho más política que merece nuestra atención: ¿qué condiciones pueden llevar a un aliado a asumir el enorme costo diplomático de actuar sin el consentimiento del otro Estado?
Condenar lo ocurrido no debería impedirnos analizar las razones que pudieron conducir a ello. Comprender un problema nunca significa justificarlo; al contrario, es el primer paso para evitar que vuelva a repetirse.
Las relaciones internacionales descansan sobre un activo tan importante como los tratados: la confianza. Ningún mecanismo de cooperación en materia de seguridad puede sostenerse si una de las partes considera que la información puede filtrarse, retrasarse o terminar beneficiando a quienes pretende combatir. Cuando esa confianza se erosiona, los gobiernos tienden a privilegiar acciones unilaterales o mecanismos de coordinación cada vez más restringidos.
Y ese podría ser el verdadero mensaje que deja esta crisis.
Si las investigaciones confirman que Washington decidió actuar al margen del Estado mexicano, la pregunta no será únicamente por qué cruzó una línea que no debía cruzar. También habrá que preguntarse qué factores lo llevaron a asumir un costo diplomático de esa magnitud. Es posible que la explicación incluya la necesidad de proteger información sensible, evitar filtraciones, aprovechar una oportunidad operativa o, como han sugerido diversos analistas, una creciente desconfianza hacia las instituciones mexicanas. Cualquiera que haya sido la motivación, el episodio obligaría a revisar el verdadero estado de la cooperación bilateral.
La soberanía suele entenderse como la capacidad de un Estado para impedir que otros actúen dentro de su territorio. Pero, en un mundo profundamente interdependiente, existe otra dimensión menos visible: la capacidad de generar suficiente credibilidad para que otros gobiernos decidan cooperar contigo en lugar de prescindir de ti. Porque la soberanía no consiste únicamente en impedir que otros entren a tu casa; también implica construir instituciones que hagan innecesario que alguien siquiera considere tocar la puerta por otro lado.
Un Estado fuerte no sólo controla su territorio; también inspira confianza en sus instituciones.
Por eso resulta insuficiente responder a esta crisis únicamente con notas diplomáticas o reclamos públicos. Si el problema de fondo incluye un deterioro de la confianza entre ambos países, la solución no pasa sólo por exigir explicaciones, sino también por reconstruir la credibilidad institucional que hace posible una cooperación efectiva.
La relación entre México y Estados Unidos enfrenta desafíos cada vez más complejos. El crimen organizado opera a ambos lados de la frontera; el tráfico de armas, drogas y personas es transnacional, y las organizaciones criminales han adquirido capacidades que ningún país puede enfrentar por sí solo. En ese contexto, la coordinación deja de ser una opción para convertirse en una necesidad estratégica.
Sin embargo, la cooperación sólo funciona cuando existe la certeza de que ambas partes comparten objetivos, protegen la información sensible y cumplen los compromisos adquiridos. Cuando esa certeza desaparece, también comienza a debilitarse la capacidad de actuar conjuntamente.
Quizá, dentro de algunos años, ese avión sea recordado únicamente como una pieza de museo. Pero para México debería representar algo más: el recordatorio de que la soberanía no sólo se defiende en los discursos o en los tribunales internacionales. También se fortalece construyendo instituciones capaces de generar la confianza necesaria para que ningún aliado considere que puede actuar al margen de ellas.
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